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La ofrenda

Natalie*

OfrendaEstoy sentada al pie de la escalera, a mi lado mi maletita negra. La puerta de la casa es de vidrio, puedo ver a los dos bomberos que se están acercando a la casa. Les abro la puerta antes de que puedan tocar el timbre. “¿Y a dónde la llevamos, señorita?”, me preguntan.

…Estoy en la sala de espera, la enfermera, vestida con un uniforme rosado, entra y me da una taza de té de escaramujo. “Pobrecita niña”, me dice. No estoy segura de a quién se refiere.

…Estoy en la oficina de consulta, frente a mí un doctor sin cara. Va llenando un formulario, mientras me ataca con preguntas.

…Estoy en un autobús de transporte médico, atada a una silla de ruedas. El empleado frente a mí no ha dejado de hablar desde que nos subimos: “… bueno y mis dos terroristas, ya sabes, mis hijos, el mayor solo se interesa por ir al gimnasio, pero el menor, ése sí podría ser alguien. Les iba a hacer lasaña esta noche, pero creo que ya no me va a dar tiempo…”

…Estoy en un cuarto oscuro, sentada en una cama blanca. Me acerco a la ventana, está tapada con un plástico negro. No puedo ver bien lo que está del otro lado, solo mi reflejo. “¿Qué pasó?”, me pregunta. “No lo sé”, le respondo.

Estoy sentada en la sala común, son las cuatro de la tarde. Somos cinco pacientes, divididos alrededor de la mesa. Todos trajeron algo de su cuarto para la ofrenda: el centro de la mesa está lleno de dulces, galletas y chocolates. Veo a mis compañeros, cuatro caras diferentes a la mía, parecidas a la mía.

Empezamos a comer. 

“Eres muy joven para estar triste”, me dice la primera mientras escoge una galleta. Me mira con ojos acostumbrados a tener razón. Ojos en una cara que dirigía dos residencias de ancianos, con un corazón que adoraba tanto su trabajo que le dio un ataque cardíaco. Que la dejó sola y agotada, con una mente que la castiga con ataques de pánico por ya no ser útil.

Su amiga, la segunda, me da una barrita de chocolate: “Come esto, niña, te hará bien”. La que tiene un esposo enfermo y un hijo incapaz de soltar el control de su videojuego. Que la necesitan tanto que se sale a escondidas del hospital para mantener el departamento. La que no acepta injusticias y pasa horas discutiendo con los doctores y enfermeros. La más ruidosa de todos, tan ruidosa que ya no puede oír su propia voz.

El tercero, que está sentado a mi lado, me sonríe compasivamente. Guarda algunos dulces para dárselos a su hija. La hija que casi nunca puede ver, porque la mamá no lo permite. La hija por la que ha trabajado en una empresa explotadora durante siete años, diez horas al día, hasta que sólo lo soportaba con más de cuatro cervezas al día.

 “Si no te la quieres comer, me la das a mí”, me dice el cuarto en voz baja, el hombre más agradable del mundo. El que pasaba sus días entregando el correo a toda la ciudad. Siempre sonriendo, siempre el más amable de todos. Que valoraba una vida normal, sin molestias o disgustos. La valoraba tanto, que un día dejó de ver la tele en la sala con sus hijos y se metió al baño para cortarse las venas.

Tocan la puerta. Es ella, la esposa del quinto. El que ya no está aquí para comer con nosotros. El que por fin tenía la vida perfecta y dejó de tomar sus medicamentos. El que filosofaba tanto sobre el sentido de la vida que se convirtió en una obsesión. El que se perdió en sus palabras y ya no supo cómo regresar.

Ella atraviesa la sala para sentarse al lado de la segunda. Viene cada día, llevando en su bolsa una nueva carga de dulces para nosotros. “¿Cómo está el quinto?”, le preguntamos. Ella no dice mucho, no tiene tiempo, sus tres hijos la esperan en casa, seguramente tienen hambre. Ha venido al hospital cada día en los últimos cinco meses. Cada día, por lo menos por una hora. Ha acompañado a su esposo a todas sus citas, en todas las decisiones, en todos los intentos para encontrar una terapia que le funcione. Estuvo ahí cuando le dieron los medicamentos nuevos y también estuvo ahí cuando se aventó del segundo piso del hospital. Estuvo ahí cuando lo operaron del hombro y cuando lo metieron a la psiquiatría cerrada. Y estará ahí en unas semanas, cuando le dirá que ya no la quiere ver.

Comienzo a comer la barrita de chocolate. Soy la sexta, la niña que no debería estar aquí. La que está aquí, porque ama tanto a su familia que dejó de ser niña cuando nació su hermanita y se enfermó su mamá. La que las amaba tanto que siguió cuidándolas hasta que se quiso cortar las venas. La que no se las cortó, porque las ama tanto.

Fuente de imagen: MNJ

*Estudiante del Taller de Crónica Literaria
  CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México.


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