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La mujer de la foto

Cecilia Morales*

DLa mujer de la fotourante los años transcurridos entre mi nacimiento y la época en que mis hermanas y yo nos independizamos, mi mamá nunca tuvo un empleo remunerado. Su trabajo, tal como ella lo veía, era ser nuestra madre, de tiempo completo y por libre elección.

Conservo una fotografía de ella con mi papá. Fue en 1943, en su luna de miel. Ambos están entrando en un salón de baile. Mi papá lleva camisa y pantalón de playa, y mi mamá, a mi parecer, se ve tan hermosa que se le notan el talento y la vivacidad. Tenía entonces veintiséis años. La mujer de la foto, a la misma edad, pero en la década de los ochentas, habría tenido ilimitadas posibilidades en la vida. Si hubiera optado por seguir una carrera profesional, se le habrían abierto muchas puertas.

No obstante, ella se definía como esposa y madre. Trabajaba haciendo banquetes; no eran muy regulares los eventos, pero si le preguntaban a qué se dedicaba, respondía que era esposa de Carlos y madre de Maguita, Cristy, Ceci y Lulú. Supongo que muchas mujeres de hoy lo considerarían un desperdicio de su potencial. ¿Cómo podía conformarse una mujer inteligente y capaz con la única misión de preparar la comida y tender las camas? No tengo la respuesta, pero supongo que debe de ser algo muy importante, porque aún evoco la sensación de sentarme a la mesa y comer lo que mi mamá había cocinado para nosotros.

Ahora tengo más amigas divorciadas que los matrimonios amigos de mis papás. Ninguno se separó, eso simplemente no sucedía. ¿Se amaban más en aquel tiempo? Lo dudo. ¿Sentían la obligación de permanecer juntos, tenían la fuerza de un compromiso que falta en los matrimonios de hoy? Es muy probable.

En estos tiempos, el concepto de “conciencia” se ha vuelto confuso porque supuestamente hemos evolucionado tanto, que ya nada tiene importancia, todo tiene una justificación. Me parece que nuestra generación se engaña al creerse capacitada para reinventar el mundo y para cambiar las reglas del juego, o acomodarlas a mayor conveniencia. En el fondo, sabemos que no hemos cambiado, desde los tiempos en que, con una mirada de mi mamá, ya sabía qué había yo estado haciendo.

Cuando era niña, recuerdo haber tenido miedo por las noches. Mi mamá corría a consolarme ahuyentando los temores para que yo volviera a conciliar el sueño. Creo que si alguien tiene que ahuyentar sus propios temores durante su vida, es muy reconfortante que la mamá lo haya hecho cuando éramos niños.

Supongo que a pocas mujeres de hoy les gustaría una vida como la de mi mamá. La situación ha cambiado porque, para una mujer inteligente el día de hoy, dedicarse enteramente a su esposo e hijos sería un desperdicio, sería coartarla, ni pensarlo, resultaría “peligroso” para el matrimonio.

Todos actuamos como si fuéramos adultos plenamente formados. No hay mayor mentira. Todos tenemos algo de niños, de los que corrían a la casa a comer después de la escuela, sabiendo que mamá nos esperaba con la comida que ella misma había preparado.

Si mi mamá se privó de algo por la forma en que vivió durante todos aquellos años, puedo asegurar que a ninguna de nosotras sus hijas nos privó de nada, es más, lo bueno que puede haber en nosotras se lo debemos a esa mujer, que definía su trabajo como el de ser nuestra madre.

Este hecho es tan importante ahora como lo fue entonces, sólo que me puedo sentir muy orgullosa de que la mujer de la foto, especialmente ella, haya sido la que me esperaba al regreso de la escuela.

Fuente de imagen: https://www.needpix.com/photo/98128/female-male-symbol

*Estudiante mexicana del Taller de Crónica Literaria

  CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México


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