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Cabeza en confinamiento

Eliff Lara Astorga*

Cabeza en confinamiento

El Trastorno Obsesivo Compulsivo se saborea el miedo y la culpa… Y se saborea a uno mismo también. El platillo de encierro, soledad física, enfermedad mortal a pedir de boca, ojos, fosas nasales, resulta agridulce para quienes hemos sido ya etiquetados como TOCS. Sí, es sano sentarse a reír una y otra vez con la película de Vicente Villanueva, descubrirnos en la hermosa mujer que se lava todo el tiempo las manos y sonreír con maldad ante las evidencias de que ahora hemos contagiado de esa compulsión a todo el planeta. Bueno, a veces los TOCS nos asumimos todopoderosos, capaces de castigarnos a nosotros mismos por uno que otro desliz moral en cuarentena. Deslices deliciosos de ver si el director español Villanueva nos hubiera seleccionado en el casting o mínimo como inspiración para el guión (que hoy nos darían unos cuantos euros por cada vistazo en Netflix, muy buenos hoy).

   Pero hablaba de comida, de enfundarse en disfraz de buzo para ir al supermercado, para mover el esnorquel y las aletas médicas entre los apretados pasillos de la tienda de la esquina, ese tesoro de encuentro mutuo en la niñez en que sin miedo compartíamos carbohidratos de saliva en saliva gracias a las paletas, refrescos y demás culpables de nuestra añadida vulnerabilidad actual. Y es que al volver a casa nos confunden los mensajes sobre complots, sobre supremos poderes capaces de soltar un virus para sus malvados fines, como si esos malvados fines no se hubieran echado a andar desde hace tiempo. Mis alumnos, mis indispensables alumnos desde hace más de una década, me invitan a platicar ahora a la distancia sobre eso, sobre nuestra vulnerabilidad (no la del complot de los cereales mañaneros de mi niñez). Además de mi Prozac, tributo diario a las compañías farmacéuticas (malvadas, claro), pensar en complots puede tranquilizarme, puede anular por una tarde mis obsesiones y mi pararme a cada rato de mi computadora para tallarme con alcohol, gel antibacterial, limón, veladoras benditas y huevos para limpias.  Sin embargo, eso es pasarle la factura a todopoderosos (además de mi yo castigador) del daño al medio provocado por mí y mis vasos desechables del café Sirenita o del cumpleaños de la tía Conchita. La factura de nuestra fragilidad, de descubrirnos que no somos tan todopoderosos como la tecnología o el TOC nos hace creer. Siempre hemos sido vulnerables, incluso antes de Kellog’s; es nuestra esencia más infalible la falibilidad. Por ello les cito a mis indispensables alumnos a Paul Ricoeur, a Naomi Klein, a Noam Chomsky, a tantos amigos que sí puedo tocar hoy en sus páginas. Bueno, a lavarnos las manos, a rescatar el “mal de muchos, consuelo de…” humanos, a servir en lo que podamos, desde nuestro privilegio de poder quedarnos en casa, a los que no tienen ese chance. A seguir dándonos a los demás, a nuestros indispensables alumnos. Y aunque he perdido amigos y ganado algún otro, aunque el miedo nos ha vuelto más irritables con unos o compasivos con otros, sin los chicos que se conectan para oírme y oirles me quedaría más solo a engordar con el platillo dulceamargo hecho para mí y para varios por el chef de 3 micras.

 

*Profesor de Literatura
CEPE-Ciudad Universitaria, UNAM, CDMX


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