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Perdidos en la traducción

Branka Arrivé*

Templo Horyu-Ji en Ikaruga, JapónEn 2011 mi marido y yo decidimos pasar dos semanas en Japón durante el verano. Para asegurarnos de obtener boletos asequibles, los compramos en febrero. Y luego, en marzo, ocurrió el accidente de Fukushima. Decidimos ir de todos modos: todo estaba listo, incluido nuestro alojamiento con lugareños gracias a Couchsurfing. Alojarse en casas japonesas e ir a baños públicos fue todo un descubrimiento: en pocas palabras, allá no hacen las cosas como nosotros.

         Ver a nuestros anfitriones japoneses corregir nuestros errores sin decirnos nada (por ejemplo, girar los zapatos en el pasillo en la dirección "correcta") nos hizo sentir como unos bárbaros. En algún momento decidí hacer preguntas antes de hacer cualquier cosa para evitar malentendidos tanto como fuera posible. Un día decidimos visitar el templo Horyuji, que tiene la reputación de ser la construcción de madera más antigua del mundo. Cuando salimos del tren, pasamos junto a un operador turístico, donde había una guía que nos ofreció amablemente sus servicios. Explicó que era un momento difícil para Japón porque había menos turistas de lo habitual y propuso guiarnos de forma gratuita. ¿Cómo decir que no?

         La seguimos al templo. Entramos en un gran patio con un pozo cerca de la entrada. Sobre el pozo había una taza de madera para uso de los visitantes. Le pregunté a la guía para qué servía. Explicó que los visitantes a veces querían purificarse antes de entrar en el templo lavándose las manos o a veces incluso la boca. Decidí hacer una inmersión total en la experiencia japonesa. Le dije que quería lavarme las manos y la boca, pero para asegurarme de no hacer nada malo, le pregunté si tenía que tragar el agua del pozo. Ella dijo que no: “sáquela”. Asintiendo en comprensión, solemnemente tomé un gran sorbo de agua de la taza y la escupí en el suelo. Entonces escuché un ruido detrás de mí y me di cuenta de que mi guía había saltado algunos pasos detrás de mí en estado de shock. "¿Qué hice?" pregunté. "No se debe escupir en un templo", dijo con consternación. "Pero me dijo que la sacara", le dije. Luego me mostró cómo hacerlo: se abre la boca mientras se mira al suelo y se deja salir el agua sin producir el sonido de escupir. Asentí cortésmente, lamentando en ese momento que no la hubiéramos dejado en la oficina de turismo.

*Estudiante de Serbia del curso Español 5

 CEPE-Polanco, UNAM, Ciudad de México


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