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Muñeca de nieve

Jane Fitzgibbon*

Mis pestañas rígidas y congeladasTengo ocho años. El frío me parece una cubeta de hielo sobre mi cabeza. A través de mis pestañas rígidas y congeladas, me ciega un sol reverberando sobre bancos de nieve más altos que mi gorra. Estoy perdida.

         Es mi primer día de escuela en Ottawa. Pero es la cuarta escuela en mi corta vida. Jardín de infancia, en Winnipeg; primer año y la mitad del segundo, en Toronto; el resto del segundo, el tercero y la mitad del cuarto año, en Churchill, en el gran norte de Canadá. El ejército canadiense, muy orgulloso de los poderes de adaptación de los niños. Somos verdaderos hijos de militares.

         Esta mañana de finales de noviembre mi madre me dejó delante de la escuela. Antes de partir en la camioneta Studebaker, me preguntó: ¿Has visto el camino para volver a casa al mediodía?

         Asentí, como ella lo esperaba, con un minúsculo movimiento de la cabeza, todo lo que me permitieron mi parka (1) cerrada hasta las narices, mi gorra bajada hasta los ojos, mi bufanda impidiendo todo movimiento de mi capucha. Botas abrochadas sobre pantalones para la nieve me paralizaron las partes bajas. Por no hablar, aun con la mejor intención, del hecho de que yo no era lo suficientemente grande para ver por las ventanillas del coche.

         “Niños, una nueva alumna hoy. ¡Denle la bienvenida!” Mis futuros compañeros de clase no tenían nada que ver conmigo. Pandillas ya formadas al menos desde septiembre. Todo eso lo sabía por experiencia. Solo me interesaba lo que ellos estaban estudiando para que yo no pareciera estúpida y bicho raro al mismo tiempo.

         Toca la hora de almuerzo.  En principio, tengo veinte minutos para volver a casa, veinte minutos para comer mi sopa Campbell’s con un bocadillo de queso, y veinte minutos para regresar a la escuela. Sin contar el tiempo necesario para vestirme, desvestirme, vestirme y desvestirme.

         Mi estomago vacío y nervioso me dice que no me quedan muchos minutos dentro del horario impuesto. Pero no sé dónde me hallo. No reconozco nada. Todas las calles se parecen: bancos de nieve con casas más o menos escondidas. Quiero arrojarme dentro de un banco de nieve y congelarme para ser un yeti, un Pie Grande, una muñeca de nieve. Mejor esconderme así y derretirme desde la primavera para dar a mis padres el tiempo de extrañarme y a mi hermanita el tiempo de hacerse cargo de mi bici sin culpabilidad.

        Mi corazón de muñeca de nieve Un Studebaker para. Mi padre me dice que entre. Llegamos a casa, donde mi madre parece mirarme con algo como alivio. La sopa de tomates me quema la boca y el bocadillo de queso es difícil de tragar. Algunas gotas de sopa han manchado mi blusa blanca, como sangre saliendo de mi corazón de muñeca de nieve.

         Mi padre me deja en la puerta de la escuela. Busco mi salón de clases por los corredores vacíos, escuchando voces animadas saliendo de las aulas. Aunque me siento capaz de llorar torrentes por mis conductos lagrimales, ahora deshelados; bastante como para inundar la escuela, las calles, la ciudad, la vida. Yo sé, más que nadie, que debo concentrarme en dos cosas: primero, desvestirme llegando a mi salón, vestirme y desvestirme antes y después del recreo, y vestirme para volver a casa; todo de modo que las manchas en mi camisa no se vean.

         En segundo lugar, antes del anochecer, encontrar el rumbo a seguir hasta la casa. La oscuridad me obligará a empezar otra vez de cero.


(1) Chamarra gruesa de capucha peluda

 

*Estudiante de Canadá del Taller literario de Voces Femeninas: identidades, maternidades y violencias1

 UNAM-Canadá

 

1Este texto es producto del trabajo creativo de tres participantes del taller virtual “Voces femeninas” en la UNAM-Canadá durante el otoño de 2020, impartido por la profesora Paula Klein Jara. Este taller fue un espacio para la lectura y difusión de voces femeninas latinoamericanas que exponen los principales conflictos de la mujer como individuo y sujeto social: la identidad, los estereotipos y roles de género, la maternidad y la violencia. Al mismo tiempo, y de manera articulada, se realizaron ejercicios de producción escrita con la finalidad de que las participantes del taller elaboraran sus propios textos enfocados en la exploración de la consciencia, la memoria y la experiencia, con el objetivo de trazar una red de voces compartidas en español.

Imágenes: Canva


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